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Sandra Camacho

Yoga como resistencia amorosa: el cuerpo, el autocuidado y la política de volver a habitarse

El yoga no es estética es experiencia vivida

¿Puede el yoga ser un acto político?

El yoga puede ser un acto político cuando deja de ser solamente una postura bonita y se convierte en una forma de habitar el mundo con conciencia.

Y creo que ahí empieza todo.

Porque en una sociedad que constantemente nos quiere aceleradas, cansadas, productivas y desconectadas de nosotras mismas, detenerse a respirar ya es una revolución silenciosa. Escuchar el cuerpo en vez de exigirlo. Descansar sin culpa. Sentir en vez de anestesiarse. Llorar en vez de tragarse todo. Moverse desde el amor y no desde el castigo.

Eso también es político.

Vivimos en una época donde el bienestar muchas veces se presenta como una meta estética o como un rendimiento más. El yoga aparece en redes sociales asociado a cuerpos perfectos, flexibilidad extrema y promesas rápidas de transformación: “elimina el estrés”, “quita el dolor”, “ponte en forma en pocos días”. Y aunque el movimiento sí puede acompañar procesos de salud y bienestar, reducir la práctica únicamente a eso es olvidar gran parte de su profundidad.

Porque el cuerpo no es una máquina que simplemente se corrige.
Es memoria.
Es emoción.
Es historia viva.

Las experiencias que vivimos dejan huellas. Algunas duelen, otras sostienen, otras nos fragmentan. Y aunque muchas memorias corporales no desaparecen por completo, sí pueden transformarse de manera amorosa, consciente y gradual. El yoga, cuando se practica desde la escucha y no desde la exigencia, puede convertirse en un espacio para reorganizar la relación con el cuerpo y con la vida.

El cuerpo como territorio de cuidado y conciencia

El yoga se vuelve político cuando recupera la ternura. Cuando deja de buscar cuerpos perfectos y empieza a acompañar cuerpos reales.

Cuerpos con ansiedad.
Con duelos.
Con miedo.
Con cicatrices.
Con alegría también.

Porque hacer yoga no debería ser encajar.
Debería ser volver a habitarse.

Y para mí, el yoga también es político cuando crea comunidad. Cuando una clase deja de ser un espacio de rendimiento y se convierte en un lugar seguro donde alguien puede llegar roto… y sentirse sostenido. Cuando compartimos herramientas para gestionar emociones en vez de seguir heredando silencio, violencia o desconexión.

Incluso usar un cinturón de yoga puede ser político. Porque no se trata de forzar el cuerpo para alcanzar una postura “correcta”. Se trata de crear puentes, acompañar procesos y comprender que el apoyo no nos hace menos fuertes.

Qué distinto sería el mundo si aprendiéramos eso fuera del mat también.

Del cuidado ético a la industria del bienestar

Esta reflexión sobre el cuidado no es nueva. En 1984, Michel Foucault, en Historia de la sexualidad, hablaba del “cuidado de sí” como una práctica ética presente desde la Antigua Grecia. El cultivo personal incluía reflexionar, conocerse, moderar los placeres y cuidar tanto el cuerpo como el alma. Pero no se hacía desde el individualismo moderno, sino como una forma de contribuir también a la vida colectiva, a la polis.

El cuidado tenía una dimensión comunitaria.

Sin embargo, con el paso del tiempo, muchas ideas relacionadas con el bienestar comenzaron a transformarse bajo lógicas de consumo y productividad. Hoy gran parte de la industria del bienestar vende espiritualidad, autocuidado y desarrollo personal como productos que prometen felicidad inmediata y soluciones rápidas al malestar.

Y ahí aparece una narrativa peligrosa: si no estás bien, entonces es tu culpa.

Autores como Edgar Cabanas y Eva Illouz, en Happycracia (2019), analizan precisamente cómo la industria de la felicidad termina convirtiendo emociones profundamente humanas en responsabilidades individuales. Si no eres feliz, si no estás en paz, si no logras tu “mejor versión”, parece que simplemente no te estás gestionando correctamente.

El problema de esta lógica es que muchas veces desconecta el sufrimiento de las condiciones sociales, económicas y emocionales que también lo producen.

Audre Lorde y el autocuidado como resistencia

Frente a esto, la escritora y feminista negra Audre Lorde dejó una reflexión profundamente poderosa:

“Cuidarme a mí misma no es autoindulgencia, es autopreservación, y eso es un acto de lucha política.”

Cuando Lorde escribió esto en los años ochenta, mientras atravesaba un proceso de cáncer, no hablaba del autocuidado como lujo ni como tendencia estética. Hablaba de supervivencia. De sostener el cuerpo y la vida en un mundo que muchas veces desgasta, enferma y abandona.

Cuidarse, para ella, no era desconectarse de la realidad.
Era poder seguir habitándola.

Y quizá ahí el yoga recupera nuevamente su dimensión política: no como una práctica para escapar del mundo, sino como una forma de permanecer presentes dentro de él sin abandonarnos completamente.

Yoga como resistencia amorosa

Entonces, ¿el yoga es un acto político o simplemente otra práctica individual más?

La respuesta depende de cómo se practique.

Si el yoga se convierte en exigencia, en rendimiento, en estética o en superioridad moral, probablemente termina alimentando la misma lógica de productividad que dice combatir.

Pero si el yoga nos ayuda a escucharnos, a comprender al otro, a construir comunidad y a recordar que el bienestar también debería ser colectivo, entonces sí puede convertirse en una forma de resistencia amorosa.

Una resistencia que no nace desde la perfección, sino desde la presencia.

Porque volver al cuerpo también puede ser una manera de volver a la vida.

 

En nuestras clases de Arquitectura del Movimiento y la Emoción, el yoga no se practica como exigencia ni rendimiento.

Lo vivimos como un espacio de conciencia, presencia y cuidado colectivo.
Un lugar donde el cuerpo puede sentirse sostenido, escuchado y acompañado.